El Camino Interior


Era el primer día que Darshan acudía a la meditación en presencia del gurú. Después de trabajar durante un año en las tareas del ashram y de haber interiorizado las normas de la comunidad, se había ganado el permiso para asistir a aquella experiencia en la que anhelaba participar desde niño.

Al entrar, un traspiés propiciado por los nervios casi le hace caer de bruces ante la mirada extrañada de quienes le rodeaban. Cuando logró recuperar el equilibro, avergonzado y temeroso de meter la pata en aquel momento tan ansiado, se refugió en un rincón al fondo de la estancia.

En el extremo opuesto, perfilada por los rayos de sol que se colaban por el ventanal junto con el ajetreo del patio en el que jugaban los niños y niñas huérfanos acogidos en el ashram, envuelta en volutas de humo de sándalo, se distinguía, como un loto sobre el estanque de hombres y mujeres que acudían cada mañana a meditar a sus pies, la enjuta figura del maestro.

Con el cuerpo cubierto únicamente por un precario taparrabos blanco que acentuaba el tono oliva de su piel, el sadhu hermanó las palmas de sus manos a la altura del pecho y exhaló un vibrante y prolongado Om que le estremeció el alma al muchacho. A continuación, ambientada por la algarabía proveniente del patio, comenzó la meditación.

Cuando sonó la campana que puso fin al tiempo de contemplación, Darshan apretó los puños lleno de frustración por no haber logrado siquiera tomar consciencia de su respiración.

En pocos segundos, la quietud de la sala se transformó en tumulto y todos comenzaron a levantarse para abandonar el lugar y continuar con sus quehaceres.

Darshan decidió conservar su posición para recrearse en aquel instante.

Mientras los demás salían formando una fila, él permaneció sentado en el suelo observando cómo la mirada del maestro no cesaba de dirigirse hacia algún punto en el centro de su frente que evocaba en su rostro una sonrisa que envidiaría hasta el mismísimo Krishna.



Cuando el muchacho se dispuso a levantarse para atender sus obligaciones, el sadhu regresó de dondequiera que estuviese y posó sus ojos sobre él. Le hizo un gesto con la mano para que se acercara. Darshan cruzó el salón con pasos inseguros hasta situarse a tan solo unos palmos del hombre sabio.

─¿Qué ha estado pasando aquí arriba? ─le preguntó el anciano mientras le golpeaba con la punta de su dedo índice en el entrecejo.

─No lograba concentrarme, maestro ─aclaró─; el ruido del patio es muy molesto. ¿Por qué no se cambia la hora de meditación a un momento más...?

─¡Qué poco has tardado en tomarte en serio, muchacho! ─lo interrumpió el maestro─ ¿Tan pronto te olvidaste de ser un niño? ¿Ya no te acuerdas de que hace apenas un año era tu alboroto el que revoloteaba hasta aquí desde el otro lado de la ventana?

─Sí, pero... ─Darshan clavó los ojos en el suelo.

─Cuando tenía tu edad, mi pelo era tan negro como el tuyo ahora. Al igual que tú, muchacho, decidí sentarme un día al fondo de este mismo salón ─prosiguió el sabio─; y también me sentí perturbado por el ruido que irrumpía en la habitación. El maestro que dirigía la meditación por aquel entonces, me llamó a su lado y me formuló estas mismas preguntas. Cuando terminó de interrogarme, me pidió que me ocupase de su cuidado personal.

El muchacho no podía apartar sus ojos del venerable hombre.

─Durante años estuve a su servicio. Hasta que un día, horas antes de emprender su viaje definitivo, me dedicó sus últimas palabras: «Nunca olvides quién eres», me susurró.

Las lágrimas fluyeron por el rostro de Darshan.

─Unas horas después de su partida, atenazado por la tristeza, me senté en este espacio que él solía llenar con su presencia y dejé que las voces de los huérfanos que jugaban fuera guiasen la conciencia del huérfano en el que me había convertido hacia el recuerdo del verdadero hogar. Entonces, los velos que había alzado ante mí cayeron y la claridad fundió mi mente y mi corazón en un solo punto. Comprendí que no es necesario que nadie nos muestre el camino dentro de nuestra propia casa. ¿Quién sabe? Quizá algún día seas tú quien se siente aquí, bajo esta misma luz, y permitas que las voces de esos niños que viven dentro de ti te guíen.

Cuando el maestro terminó de relatar su historia, en su imagen reflejada sobre el ventanal, Darshan pudo ver cómo un mechón de su oscura cabellera se había tornado del color de la nieve que coronaba las cumbres que podían divisarse a lo lejos a través del mismo marco por el que se alcanzaba a oír a los niños jugar.

«¿Es necesario que te muestren el camino dentro de tu propia casa?»
Sri Ramana Maharshi

El camino de lo verdadero

Cuando somos niños, es fácil distinguir el camino de lo verdadero: nuestro corazón canta alto entonces para guiar nuestros pasos.

Pronto, sin embargo, nuestros oídos se olvidan de seguir el rastro de esa canción que viene de lo más profundo y genuino de nosotros y el corazón comienza a quedar enterrado bajo una montaña de palabras con las que aprendemos a ocultar quienes somos a cambio de migajas de afecto y aprobación.

Sin apenas darnos cuenta, nuestra autenticidad y espontaneidad se ven aplastadas durante nuestra niñez por toneladas de condicionamientos que, desde las sombras que rodean la conciencia, insisten en recordarnos cómo NO debemos ser.

Después, nos pasamos la vida tratando de reencontrarnos con nosotros mismos.

Para lograrlo, poseemos un poder invencible: el recuerdo de la Verdad sobre quiénes somos hablándonos cada día desde todas partes.

Cada acontecimiento en nuestras vidas, cada encuentro, forma parte de un camino de regreso hacia nuestra esencia.

Las claves que debemos tener presentes durante el trayecto, y que nos servirán como brújula que nos guíe por ese sendero interno que conduce de vuelta hacia el núcleo de nuestro ser, son:

  • La vida no es un camino de ida, sino de regreso.
  • Mirar hacia el interior no es una puerta de entrada, sino de salida.
  • La sabiduría no se alcanza atesorando conocimiento, sino liberándose de lo aprendido.

Mientras avanzamos, seamos capaces, en medio de nuestras confusiones, de recordar algo: cualquiera que sea el lugar en el que nos encontremos, o al que nos dirijamos, nunca dejamos de estar en casa porque, en nuestro origen, somos aquello que buscamos. Cada uno de nosotros es el camino de lo verdadero.


Juan Navarrete

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Instagram