El Dolor De Nuestros Antepasados (o Cómo Sanar Las Heridas Que Heredamos)

La última vez que mi madre abrazó a su hermano, tenía diez años.

En una España deprimida (y oprimida), mi abuelo y él, los únicos hombres de la casa, no encontraron más remedio que hacer las maletas para dirigirse al norte del país en busca de un jornal que les permitiera, al menos, hacer algo más llevadera la pobreza.

Mi abuelo se vio obligado a regresar semanas después a causa de una enfermedad. Mi tío nunca volvió. Perderse y borrar el rastro era, en aquellos años sin WhatsApp ni redes sociales, mucho más fácil de lo que hoy alcanzamos a imaginar.

Cuando mi madre volvió a saber de él, yo tenía nueve años. La casualidad quiso que una de mis tías, durante un viaje a Cataluña, se encontrase con uno de los vecinos que también abandonó el pueblo en busca de una vida mejor junto a la cuadrilla en la que marcharon mi abuelo y mi tío.

─¡Ana! ¡Qué barbaridad! ─exclamó cuando la reconoció a tantísimos kilómetros (y a tantísimos años) del lugar donde ambos habían crecido─ ¡¿Has venido a ver a José?!

Mi tía palideció; en lo que menos pensaba en aquel momento, era en encontrarse con alguien conocido y, más lejos aún, en toparse con la pista de su hermano.

Entre sollozos, le relataba a mi madre el mal estado en el que lo había encontrado. Recuerdo las palabras humedecidas por las lágrimas de mi madre: «Menos mal que mamá se fue de este mundo con la pena de no haber sabido nada más de él, y no con el sufrimiento de haberlo visto en esas condiciones».

Las heridas familiares no resueltas se heredan; pasan de generación en generación hasta que hallan la manera de repararse. Después de tantos años desde aquella conversación entre hermanas, me doy cuenta de que las palabras de mi madre recogían el testigo de lo que mi abuela no pudo sanar en vida.

En el vídeo que sigue, te cuento el recorrido que aquel dolor transitó entre mi madre y yo hasta aliviarse.

  

Juan Navarrete

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