El Triángulo De La Respons(h)abilidad (o Cómo Ser Dueño De Ti)

Mientras veía las noticias desde el salón de su casa en Arkansas, tres años antes de convertirse en presidente de los Estados Unidos de América, Bill Clinton se apresuró a llamar a su mujer y a su hija para que no se perdieran lo que estaban a punto de retransmitir: «¡Tenéis que ver esto; es un momento histórico!».

Aquella escena tenía lugar en febrero de 1990, durante la liberación del líder sudafricano Nelson Mandela.

Sin apenas pestañear, los tres contemplaron con emoción las primeras imágenes de aquel hombre de talante sosegado, casi tres décadas mayor que cuando fue puesto entre rejas, dejando atrás los muros de su encierro.

Aunque no todo reflejaba serenidad en sus gestos; a Clinton no dejó de llamarle la atención un fugaz arrebato de ira que cruzó el rostro de Mandela cuando se encontró frente a la multitud que acudió a recibirle aquel día.

Años después, durante un encuentro que mantuvieron siendo ya ambos dirigentes de sus respectivas naciones, el presidente americano aprovechó la ocasión para preguntarle por aquel incidente.

«Tiene usted razón ─le confirmó Mandela─. Cuando estaba en la cárcel, decidí asistir a un grupo de estudio de la Biblia que impartía el hijo de uno de los guardias. El día que salí de prisión, al ver a toda aquella gente que me observaba, la rabia se apoderó de mí unos instantes alimentada por la idea de que me habían robado veintisiete años de mi vida. Entonces, el Espíritu de Jesús me dijo: Nelson, mientras estabas en prisión eras libre; ahora que eres libre, no te conviertas en un prisionero».

«Al salir por la puerta hacia mi libertad, supe que si no dejaba atrás toda la ira, el odio y el resentimiento, seguiría siendo un prisionero»
Nelson Mandela
Las grandes almas, bajo las circunstancias más opresivas, siempre logran trascender sus límites y encontrar dentro de sí mismas la fortaleza necesaria para no dejarse atrapar por las garras del arquetipo de víctima.

Nelson Mandela, nombrado Nobel de la Paz en 1993, a través de su ejemplo, dejó un legado de incalculable valor para la humanidad: pueden arrebatarle la libertad a tu cuerpo, pero nadie puede conquistar tu mundo interno si no lo permites.

En todo momento (aunque tu cabeza trate de convencerte de lo contrario), te encuentras en la posición de ser dueño de la dimensión más profunda de ti.


El camino hacia la libertad interior

Buda enseñaba a sus seguidores que quien te enfada, te controla.

Es otra manera de afirmar en pocas palabras que, al final, con independencia de cómo hayan podido provocarnos los demás, somos responsables al cien por cien de cada una de las acciones que devolvemos como respuesta.

Creer lo contrario es autoengañarnos.

Tratar de justificar nuestras reacciones con el argumento de lo que otros nos hicieron antes es renunciar a nuestro poder de elegir quiénes somos y a la forma en la que decidimos expresarnos.

Soy consciente de que no resulta sencillo abrazar este planteamiento (para mí, después de años de práctica, continúa siendo un reto diario renunciar a una actitud defensiva). Es mucho más fácil decirnos a nosotros mismos: «Él o ella empezó»; «Me saca de mis casillas»; «Es que no lo soporto»; «No puedo evitarlo»; «Todo está en mi contra»... o cualquier otra excusa cargada de autocomplacencia.

Nuestra experiencia con el lenguaje tampoco ayuda. En nuestra cultura occidental, asentada sobre valores como la competitividad y sobre un modelo de educación correctivo, resulta inevitable, la mayoría de las veces, al emplear la palabra responsabilidad, terminar asociándola al significado de culpa.

A nadie le gusta sentirse culpable; por lo tanto, nadie quiere asumir la responsabilidad (con las consecuencias que conlleva renunciar a ella).

Afortunadamente, solo necesitamos una hache (h) para darle un giro completo a esta situación.

Intercalando esta letra muda (pero que tiene mucho que decir) en el centro de la palabra respons(h)abilidad, corregimos, no solo su significado, sino también la relación que solemos mantener con ella.
Respons(h)abilidad: habilidad de elegir nuestra respuesta.
La h aligera la carga ─la culpa─ que soporta esta palabra y nos ayuda a transformar esta cualidad en una práctica, en un músculo dentro de nuestra conciencia, en una fortaleza entrenable.

¿Cómo podemos practicar y fortalecer la habilidad de elegir nuestra manera de responder ante lo que nos sucede? ¿Qué método debemos seguir para recuperar el poder que hemos cedido a los demás (o a las circunstancias) sobre nosotros?

La psicología pone la solución al alcance de nuestras manos.



El triángulo de la respons(h)abilidad

Tengo buenas y malas noticias para ti.

Primero, las malas: no puedes elegir lo que sientes.

A pesar de que, desde nuestros primeros años de vida, el entorno en el que hemos crecido se ha esforzado por inculcarnos la idea de que hay emociones que son inaceptables ─los hombres no lloran, por ejemplo; o los niños y niñas buenos no se enfadan─, lo cierto es que, por más que intentemos decirle a nuestro sistema emocional cómo debe comportarse, este está diseñado para reaccionar de manera involuntaria a lo que sucede a nuestro alrededor ─y a las imágenes e historias que cruzan por nuestra cabeza relacionadas con las experiencias que hemos vivido o con las que prevemos que puedan ocurrirnos en el futuro─ para favorecer la supervivencia.
«El corazón posee razones que la razón no entiende»
Blaise Pascal
La buena noticia es que, con la práctica suficiente, sí podemos desarrollar la capacidad de decidir cómo relacionarnos con todo ese abanico de sentimientos, cuando estos emergen, y aprender a dirigir la energía que ponen en movimiento dentro de nosotros, en lugar de abandonarnos a ser controlados por ellos.

Durante una entrevista reciente a Rafa Nadal, el presentador del programa 60 minutes, de la cadena estadounidense CBS, le preguntaba al tenista por el número de raquetas que había estrellado contra el suelo, como producto de la rabia, a lo largo de su trayectoria como deportista.

«Cero», fue su respuesta.

¿Quiso decir con esto, Nadal, que no siente frustración, enfado o decepción cuando no le va bien en algún torneo o cuando realiza una mala ejecución?

Yo creo que todo lo contrario. El tenista español, como cualquier deportista, ha experimentado, en las diferentes etapas de su carrera, el repertorio completo de estados de ánimo que nos define como seres humanos. La diferencia está en que él se ha disciplinado para decidir cómo y hacia dónde canalizar esa energía.

Así, la primera habilidad a la que tenemos que dedicarle nuestro empeño es a la aceptación. Aceptación de nuestra humanidad. Aceptación de todas y cada una de las facetas emocionales que se activan para señalarnos algo fuera o dentro de nosotros que reclama nuestra atención.

Este será el punto de partida en el camino que nos lleva a ser dueños de nosotros mismos.


¿Y ahora qué?

Como acabamos de ver, lo que tienen en común las personas como Mandela o Nadal, no es alguna capacidad extraordinaria para no sentir emociones incómodas, sino su habilidad para distanciarse de ellas y elegir hacia dónde desean dirigirse ─es decir, asumir la responsabilidad sobre sus acciones─.

No logramos distanciarnos sin aceptación, y no logramos dirección sin distanciamiento.

De esta manera, ya tenemos los tres vértices que enmarcan nuestro triángulo.




¿Cómo nos entrenamos para acceder a cada uno de ellos?

1. ACEPTACIÓN

Actividad: reconocer y nombrar la emoción. Verbalizar el sentimiento desde el yo.

Ejemplo: Si nos sentimos enfadados por algo que alguien nos hace o nos dice, en lugar de dejarnos llevar por la ira o culpar al que tenemos enfrente, expresamos lo que sentimos: «Me siento molesto, enfadado, disgustado...».

(Fíjate que no señalamos que el otro nos enfada, nos molesta o nos disgusta, sino que asumimos la emoción como nuestra).


2. DISTANCIAMIENTO

Actividad: observar la emoción a través de preguntas. Autoconciencia y autoobservación.

Ejemplo: ¿Está siendo esta emoción útil en este lugar y momento? ¿Qué efectos provoca en mi cuerpo? ¿Puedo mirar la situación desde otro ángulo? ¿Cambia la emoción si la contemplo desde otro punto de vista? ¿Necesito espacio o tiempo para calmarme y elegir otra respuesta?

El marco que yo empleo para transformar mi punto de vista es el de «no es personal». Si quieres que amplíe esta forma de mirar lo que nos pasa en otra entrada del blog, puedes dejar tu petición en los comentarios.


3. DIRECCIÓN

Actividad: decidir quiénes queremos ser y hacia dónde deseamos dirigir nuestra energía aferrándonos a un compromiso sincero con nuestros valores.

Ejemplo: un valor es algo que es importante y valioso para nosotros. Compasión, liderazgo, libertad...son ejemplos de valores. Nelson Mandela eligió la libertad, tanto dentro como fuera de la prisión. Para lograrlo, decidió observar lo que sentía y mirarlo desde otra posición. «¿Quiero ser prisionero de mí mismo o me decido a soltar los pensamientos que me convierten en víctima?».

Nadal, Gandhi, Buda o Teresa de Calcuta, eligieron otros valores con los que fueron consecuentes y dieron dirección a sus vidas.

¿Cuáles eliges tú?
«¿Quiero ser prisionero de mí mismo o me decido a soltar los pensamientos que me convierten en víctima?»
Puede que, llegados a este punto, te sientas algo abrumado y que tu mente esté cuestionando tu capacidad o el método ─o ambas cosas─, pero recuerda que convertirnos en dueños de nosotros mismos requiere algo de esfuerzo, sacrificio y compromiso.

Hay un ser espléndido dentro de ti esperando a que des el primer paso.


Juan Navarrete

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